De pequeña
odiaba las acelgas. Años de estrecheces, y lo digo por como me quedaba la ropa, me convencieron de que las verduras eran mi mejor aliado. Y si además, se las compras a "la Begoña", pues seguro que saben hasta ricas.

Estas
acelgas me dijeron: "
Llévame, llévame", y no pude resistirme.
Mi forma de prepararlas es peculiar, yo no se lo he visto hacer a nadie, pero, la verdad, es que tampoco he visto cocinar acelgas muy a menudo... Y es que lo hago así:
Separo con el cuchillo las pencas de las hojas. Corto todo en trozos de unos tres dedos.
Lo sumerjo en agua fría para limpiarlo, lo escurro bien con la centrifugadora de lechuga.
Pongo las pencas en la olla a presión, con
un vaso pequeño de agua, espero a que suba la válvula y apago en un par de minutos.
Mientras se enfría la olla, corto en juliana gruesa las hojas de las acelgas.
Pongo
un chorro de aceite de oliva en una sartén, frío
unos ajitos muy picados. Cuando estén dorados añado las hojas de las acelgas y las rehogo.
Añado las pencas, cortadas en láminas. Pongo
sal,
pimienta negra y
un chorrito de limón, y en el último momento espolvoreo con
almendra cruda en cubitos.

Es un plato muy sencillo, pero si la calidad de la acelga es buena, sabe a gloria bendita. Y así nos han sabido a nosotros, que nos las hemos comido hoy.
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