Valladolid- Aranda de Duero- Fuentespina-
Fuentelcésped-
Maderuelo-
Ayllón- Riaza- Cerezo de Arriba-
Madrid-
Villacastín- Valladolid
Como vamos a Madrid muy a menudo, nos gusta hacerlo por rutas diferentes, para no aburrirnos. Y cuando el tiempo no apremia, incluso, vamos de vericuetos.
El sábado pasado recorrimos una zona que hacía años que no
trabajábamos. Directos hasta Aranda de Duero, luego tomamos la general, para desviarnos hacia Fuentelcéped en unos kilómetros. El último pueblo de Burgos tiene una preciosa iglesia dedicada a San Miguel Arcangel.

Calles muy cuidadas y algunas casas derruidas que muestran vestigios de vidas pasadas.
Cuantos panes habra cocido ese horno...
Ya en tierras segovianas algunas cosechas se muestran incipientes, y contrasta su verdor con los cielos ofuscados y amenazantes.

Nuestra siguiente parada fué en Maderuelo, un pueblito medieval, encaramado en un cerro que muestra el clásico trazado de la época:
Una iglesia en un extremo.

Una iglesia en el otro.

Y una, dos, tres o cuatro calles que las unen, siguiendo las curvas de la topografía, formando una almendra. En este caso son dos, la Calle Alta y la Calle Baja, no se rompieron la cabeza para nombrarlas...
De pasado con leyenda templaria, Maderuelo está plagado de detalles para recrearse, bonitos juegos de tejados y chimeneas.

Puertas que no hay quien
ose abrir.

Grabados de símbolos sumamente arcaicos con significados mágicos...

Y la naturaleza, que siempre se esfuerza por asomar.

Maderuelo está abrazado por el pantano de Linares, que recoge las aguas del Rio Riaza, e inundó a mediados del siglo pasado las fértiles tierras que dieron riqueza a este pueblo. Llegó a tener más de diez iglesias en su término municipal...

Junto al puente, la ermita de la Vera Cruz, que según cuenta la leyenda, custodió un pedazo de
lignum crucis, desde que un caballero templario se apareciera frente a ella con el trozo entre sus manos. Los frescos románicos que la decoraban ahora están en el Museo del Prado.
Despues de comer y pasear, continuamos camino y el pantano nos acompañó un buen rato.

Ayllón tiene una de las plazas segovianas más
coquetas que conozco, con grandes casas señoriales y el Riaza, ya río.

Cogimos la carretera a Riaza, Cerezo de Arriba y por la autovía a Madrid.
Llegamos a tiempo de soplar las velas con Blaco, mi sobrina, que ha cumplido 5
añazos, y está
para comersela.

Más
sandwiches de chorizo, regalos en papeles brillantes y recuerdos infantiles.
Desde casa de mi hermano se ve este imponente Castaño de Indias, en plena floración.

Vivir en el corazón de Madrid y enterarse de que ha llegado la primavera es todo un lujo.
De vuelta a Valladolid, a la una de la madrugada, control de alcoholemia en Villacastín. Un 0,0 redondo y a casa, a dormir.
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