No falla. Cada vez que volvemos a Málaga nos descubren lugares nuevos, llenos de encanto.
El Viernes por la noche fuimos a El tintero de la playa.
Y aunque no tenían encendidas las brasas para los espetos, no lo hicimos nada mal. Adobo, peregrinas, conchas finas, langostinos, una ensalada muy completa... y "manda güevos", un curioso plato que le encantó a Jucha.
Hacía fresquito y compartimos mesa con mi prima Globu, Paaachiiiiiiii y sus niños. Y cenamos muy a gustito, tan bien acompañados.
El Palo es un barrio, antes pueblo, de las afueras de Málaga, el típico puerto de pescadores, que la expansión de la ciudad ha absorbido y transformado. Pero aún quedan enclaves como La carbonería de Las Cuatro Esquinas, a donde nos acercamos, el viernes por la tarde, a comprar carbón del bueno para la barbacoa del sábado.
- ¿Vegetal ó argentino?
- ¿Qué diferencia hay?
- Ninguna, es el mismo...
- Ahhh...
¡Vaya casta!
El domingo por la mañana estuve con Papo en el Rastro. Me encantan los mercadillos y él lo sabe...
Cosas viejas, trastos inútiles, ropa de colores chillones, bisutería fina, tocados para el pelo, carretillas con ajos y cebollas, pan de Álora, especias morunas, plantas y flores.
Todo un paraiso del orden chamarilero con el que disfruté muchisimo. En un ambientillo genial, acentuado por el deje malagueño, que a veces ni entiendo...
Y el jardín de mi tia Glowes. Que cada año está más lozano. 
En plena floración es un verdadero espectáculo, de color y fragancias.
¿Nos queda algo por ver?
Seguro que sí.
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