Una vez, o dos, durante el verano, vamos al faro del Caballo. Es una preciosa excursión, que comienza en los muros de la prisión del Dueso. Por fuera, claro...
El equipo AEn la primera parte, sobre asfalto, se nos van los ojos hacia la playa de Berria.

Y llegamos al faro del Pescador.

Ahí empieza la ascensión por pista de tierra, a veces más llana y fácil, las menos, pedregosa y algo incómoda.

Bien señalizada como PR, con franjas blancas y amarillas, es sencillo de seguir. Y cuando llegas al único cruce cojes el camino de la izquierda, que te lleva al nacimiento de las escaleras que conducen al faro del Caballo.

Y empieza lo bueno de verdad.

El descenso de más de 700 escalones, labrados en la piedra, que hoy en día ayudan a bajar cuerdas metálicas colocadas en los laterales, a modo de pasamanos.
No recomendable para propensos al vértigo.
Ya en el faro, a mí me tiemblan las piernas...

Pero los niños, y también los mayores, sólo piensan en el chapuzón que se van a dar.

Impresionante, como saltan desde la plataforma, suben y vuelven a saltar. Son incansables.
Hay que ir pensando en marcharse, que la subida es dura y está anocheciendo...

Las luces de Laredo, al fondo, empiezan a encenderse.
La subida es larga y costosa, ya no duelen las piernas, pero el corazón se
despendola y parece que quiere salirse por la boca.
La llegada arriba hace que te sientas bien... pero agotado.

Y todavía queda la vuelta, damos la vuelta al Monte Buciero, y llegamos al Fuerte de San Martín en Santoña, en donde nos espera el equipo B, que recoje al conductor del equipo A y vuelve a por el coche.
Mientras el resto del grupo reserva mesa en
Pascual y se dispone a cenar.

Sardinas,
chipis encebollados y ensalada
a tutiplén.
Y de postre:

Heladitos en Regma.
¡¡¡Hasta el año que viene!!!
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