Seguro que un italiano pondría el grito en el cielo si leyera esta receta, pero como dudo que alguno lo haga, ahí va:

Saco del congelador, sí, del congelador*...
un queso Provola, que nos trajo nuestra sobrina Laucha, hace unos meses de Roma.
Corto ocho lonchas finas y reservo.
Precaliento el horno a 200º C.
Lavo bien
dos tomates en rama, corto en rodajas y aparto los extremos. Coloco en una fuente refractaria la mitad de las rodajas.
Mezclo en el mortero
una cucharada grande de orégano,
una cucharada grande de albahaca,
una cucharada pequeña de sal y
un chorretón de aceite de oliva virgen extra. Unto en el centro de los tomates.
Coloco una loncha de queso encima de cada rodaja de tomate y pongo otra rodaja encima.

Vuelvo a untar con la mezcla del mortero los tomates.
Meto en el horno medio durante unos minutos, hasta que veo que el queso empieza a derretirse, entonces enciendo el gratinador y subo la bandeja a altura media-alta, durante un par de minutos más.

Saco del horno y sirvo.

Como entrante está muy rico, y para acompañar una carne, ó incluso un pescado, queda genial.
* Como en casa somos muy queseros y compramos en cantidad, sobre todo cuando vamos de vericuetos, desde hace años conservo los quesos en el congelador, y nunca se me ha estropeado ninguno, de ningún tipo. Los saco con antelación a la nevera y luego a la quesera, y los hay que mejoran, incluso.
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