Decimos adios a Arcos y nos dirigimos hacia Grazalema, pasando por El Bosque. Trás una parada técnica allí para informarnos de las posibles rutas que se pueden realizar dentro del Parque Natural, decidimos tirar hacia Zahara de la Sierra, uno de los pueblos más bonitos de la zona, según fuentes fidedignas.

Una estrecha carretera, la del Puerto de las Palomas, se adentra en pleno pinsapar y te conduce hasta Zahara.

Calles pindias, casas encaladas, ancianos al sol.
El pueblo que se arrima al cerro, como la bruma matinal.

La torre del castillo, de ángulos redondeados, fruto de la fusión de la arquitectura militar nazarí con la cristiana, erguida en lo alto.
Y un par de iglesias, tan diferentes...
Comemos en Los Estribos y, continuando la ruta de las pantorrillas, subimos al castillo... ó a lo que queda de él.

En el ascenso contemplas el pueblo, cada vez más chico, rodeado por la Sierra de Lijar, y allí, al fondo, Algodonales.

Más picos desde las ventanas de la Torre del Homenaje.

Y más embalse...


Sobre las bases del castillo y posiblemente de una antigua mezquita, se asienta la restaurada Iglesia Mayor, actual centro de interpretación de la villa y sus excavaciones.
De las tres líneas de muralla apenas quedan algunos restos, pero los trabajos allí realizados hablan de un villa totalmente blindada, con potentes torres defensivas, que protegían el interior.
Es un buen paseo rodear el pueblo y admirarlo desde varios ángulos. 
La vuelta hacia Grazalema la hacemos por Gaidovar, pasando por hermosas dehesas.
En el Hotel El Fuerte nos espera una buena chimenea.
Pero... nuestra curiosidad es mayor que nuestro cansancio y nos acercamos a Grazalema, aunque ya había caido la noche, para echar un vistazo, al fresco.

A punto de empezar misa de siete, nos colamos en Nuestra Señora de la Aurora, de planta octogonal rodeada de un pasillo abalconado, que da paso a una curiosa cúpula de tambor.
Las calles iluminadas tenuemente le dan al pueblo un aspecto viejuno, que te transporta a otras épocas.

Ya por la mañana, la luz de Andalucía lo transforma todo.
Hace brillar los caños de las fuentes de Grazalema.

Y las fachadas encaladas.

Que contrastan con los picos, casi negros, de la Sierra del Pinar.

Aunque más que del Pinar debería llamarse del Pinsapar...
Grazalema está absolutamente rodeada de Abies Pinsapo, una especie de abeto endémico de esta zona.
Gracias a la alta pluviosidad de estos lugares este arbol resiste los calores del verano y forma grandes bosques, aquí, y en la cercana Sierra de las Nieves.
Otra curiosidad más de este bonito pueblo, es su industria de paños, ya establecida en época musulmana, y que produjo una enorme riqueza.
Ahora, la fabrica vieja descansa, practicamente abandonada.

Con sus máquinas paradas y polvorientas.

Como esperando que, algún día, alguien venga a engrasarlas.
Carde la lana.
Y las ponga de nuevo a funcionar... Aunque sólo sea para enseñar a las nuevas generaciones cómo funcionó en su época, cuando los trabajos casi artesanales estaban muy valorados.
Una fábrica nueva funciona, unos metros más abajo, y sigue elaborando mantas, bufandas y chaquetas, ponchos y sombreretes.

¡¡¡Cómo éstos!!!
Sabía de la belleza del Parque Natural, pero nunca me imaginé que el pueblo que le da nombre fuera tan precioso.
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