Así como el sábado fué un día familiar
a tope, el domingo lo dedicamos a los amigos.
Habíamos quedado a la una menos cuarto en la Iglesia de El Espinar, pero antes nos pasamos por Las Rozas a conocer a Mimí.

Mimí es hijo de Mergon y
Lúgar, el segundo. Con él ya tienen la parejita. Y nació el 5 de marzo, unas semanas antes de lo previsto, aunque era lo que todos esperábamos...
Memé, la mayor, se
escapó varios meses antes, y nos tuvo a todos pendientes, durante una buena temporada, de sus progresos, metidita en una incubadora. Ahora ya tiene casi siete años y es graciosa, lista y guapísima.

El tan esperado hermanito se pasó toda nuestra visita dormido como un tronco, pese a las
perrerías a las que le sometió su padre.

Vaya placidez, qué envidia...

Aunque cuando lo cojió Jucha, entre sus brazos, se aferró a su dedo..., y siguió durmiendo!!!
Enhorabuena, chicos. Es un niño precioso, y vosotros unos padrazos.
Nos pusimos en marcha otra vez, que nos esperaban, y llegamos a El Espinar. Un poco tarde sobre el horario previsto. Solmar y Cecar nos presentaron a su grupo de amigos, e,
infiltrados, nos fuimos con ellos hacia el pinar, dispuestos a pasar el resto del día en el campo.

Llegamos a un claro chulísimo, entre pinos, en el que lucía el sol y se estaba genial.
Como unos verdaderos profesionales, rapidamente sacaron unas mantas, manteles y jarapas en donde nos aposentamos a disfrutar de un opíparo banquete, con los manjares típicos de tales eventos:
Mucho
bocata,
sandwiches diversos, croquetas, embutidos y el imprescindible filete empanado, que no debe fallar en ninguna reunión campestre que se precie.
Aquí Marcar, en plena comilona...
No faltaron los postres
. Por cierto, Car, esa receta de tarta de manzana me la tienes que mandar, que tiene una pintaza.
Después, las chicas disfrutamos de un encuentro futbolistico entre grandes y pequeños.

Está claro quien ganó...

Hay que decir, en favor de nuestros chicos, que el terreno no era el más apropiado, parecia plano, pero estaba lleno de montículos y hoyos, muy peligrosos para sus
avejentados tobillos.
Además, como no había agua..., había que beber
birras para refrescarse, aunque fueras el portero.

Los mayores, enfadados por la derrota,
maltrataron a los pequeños.

Y cuando el sol abandonó el claro, recogimos los trastos y nos marchamos, cada uno a su casa.
Fué un día estupendo, respirando aire puro y en compañía de los amigos, y de los amigos de nuestros amigos, que, por cierto, son muy amigables..., ó amistosos.
Vamos, que son encantadores.

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