
Ayer fué fiesta en Castilla y León, y creo que en ocho comunidades más. San José.

Ésto de los festivos es un lío... Pero Jucha y yo pensamos que las carreteras estarían todas
enfollonadas, por el puente, y que mejor quedarnos en casa.

Total, que comemos tranquilamente y nos vamos
a jugar a ser turistas en la ciudad en donde vivimos. Me cuelgo la cámara al hombro y nos damos un buen paseo por Valladolid.

La temperatura es
pistonuda, la gente se ha despojado de los abrigos y se ha tirado a la calle.

Los paseos por Valladolid no son algo extraño para mí.

Llevo ya más de cinco años viviendo aquí. Al principio me
pateé la ciudad para conocermela bien.

Despues la he ido enseñando a familiares y amigos, que nos han venido a ver.

Al final, acabo haciendo un recorrido, no muy largo, para que la gente no se canse.

Ni muy corto, para que no piensen que se han ido sin conocer la ciudad.

La ruta es siempre la misma. A veces amplío por un lado, ó por otro, según las preferencias y gustos de las visitas.

Otras acorto, ó me paro en este bar, ó en aquella cafetería, para reponer fuerzas y seguir.

El caso es que, paseo a paseo, acompañada o no, siempre descubro algo nuevo.

Algo que no había visto hasta entonces.

Lo suelo añadir a la ruta, ó no...

Pero me gusta investigar sobre ello.

¡¡¡Curiosona que es una!!!

Siempre hay algo interesante que contar de los rincones vallisoletanos.

Alguna historia divertida, alguna anecdota curiosa.

Qué hace que la ciudad se vuelva humana.

Qué no sea un cúmulo de piedras y de hormigón.

Si no un lugar habitado, lleno de vida.

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