Hace más de cuatro años que vivimos en esta casa. Antes lo hicimos en un piso de la misma urbanización, que alquilamos al venirnos de Madrid.
Nos gusta tanto la zona que a la hora de comprar no tuvimos dudas.
El caso es que desde el primer momento ya noté algo. La luz del cuarto de invitados aparecía encendida de vez en cuando. Yo trataba de recordar cuando había dado al interruptor, pero no conseguía acordarme.
Otras veces veía oscurecerse una habitación, de forma repentina, como si alguien hubiera pasado por delante de la puerta.
Un domingo, que estaba sola en casa noté claramente su presencia y decidida, me volví a charlar con ella.
¿Quién es?- le pregunté.
Soy una monja de la Orden de la Asunción- dijo ella, a regañadientes.
-¿Y qué hace aquí?
- Esta casa está construida encima del huerto de nuestro convento, del huerto que yo cuidaba.
- Ahhh! Qué genial. A mí me encantaría cultivar un huerto.
No te creas, da mucho trabajo y siempre estás mirando al cielo por si llueve- gruñó.
-Voviendo al tema. ¿Por qué está en mi piso? Hay uno más abajo, más cerca del huerto.
- Ya…, pero chillan mucho.
- ¿Y en el de arriba?
- Ese no me gusta, los dueños lo alquilan y cuando ya me he acostumbrado a los inquilinos, se van… Vosotros sois más tranquilos y ya lleváis aquí bastante tiempo.
- Pues que quiere que le diga, madre, esto no me hace mucha gracia.
Ni a mí- volvió a gruñir ella- pero te vas a tener que aguantar… Y te quejarás…, que a veces te barro cada pelusa. Además no soy madre, soy hermana.
- Ahhh!!! Es usted la de las pelusas.
- No te fastidia, no se van a barrer solas….
- Pero sigo sin entender que diantre hace aquí.
- Bueno, digamos que dejé algo sin acabar…
De acuerdo,- le respondo, aunque me muero de curiosidad sobre lo que se dejó por hacer mi sor- pero acabe pronto… Y no se vuelva a dejar encendida la luz de ese cuarto, que estamos en crisis y hay que ahorrar.
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