Concebido como lugar de esparcimiento y acampada. En medio de un inmenso pinar se abre un claro con mesas ad hoc.
Pero nosotros no queremos sentarnos, queremos investigar...
Jucha se plantea una pindia cuesta y me arrastra a mi detrás. El terreno, lleno de pinacha, resbala que da gusto.
Y es casi imposible subir sin sujetarse a los árboles, y acabo con las manos llenas de hollín. Verano tras verano, los pinares del Hierro sufren incendios devastadores. Y primavera tras primavera el Pinus canariensis vuelve a rebrotar, duro, como el terreno, empeñado en vivir en condiciones adversas, como los isleños.
Desde arriba se observa el Mar de Calmas, a lo lejos.
Y hacia el otro lado, como se densifica el bosque..., cuando le dejan.
Para bajar es más sencillo el camino, que sale hacia donde dejamos el coche.