El Sábado hay mercadillo en Valverde. Es pequeño y sólo venden comida y bebida. Pero rebosa actividad.
Al lado la capilla de San Juan. Más solitaria...
Desde allí vuelvo a contemplar Valverde, quizás por última vez.
Y bajo hacia el centro, caminando. Recreándome en los detalles.
Hasta una simple piedra pintada llama mi atención.
Un tiesto de surfinias.
Y las preciosas cassias.
Contemplo la sencilla arquitectura contemporánea del Cabildo. En la calle principal.
Las indiscretas puertas que se dejan medio abiertas.
Y las taquillas del Cine, ahora un pub...
Ya con Jucha, que ha ido a devolver la llave del Parador, vaya despiste..., nos acercamos a Echedo, echamos el pié a tierra y paseamos por Los Cardones.
El oscuro cromatismo de las piedras volcánicas sólo es roto por manchas verdes, brillantes, de vegetación.
Enormes agrupaciones de tabaibas, cuyas hojas masticaban los bimbaches, a modo de chicle. Junto con pitas.
Cráteres viejos se recortan contra el mar. Dando, incluso, acogida a algunas viviendas dispersas.
El silencio es absoluto. Lo interrumpe el clic de la cámara y mis preguntas clásicas, trás un viaje.
¿Qué es lo que más te ha gustado? ¿Y lo qué menos? Responde primero a esta última pregunta.