En la habitación de al lado se han puesto a cantar. Lo que al principio son dulces voces va derivando en un concurso de gritos. Y se enfandan entre ellas. Pero a mi no me importa. Sonrío, me doy media vuelta en la cama y sigo remoloneando.
Las echo de menos en invierno. Anhelo que llegue el verano para compartir mis días con ellas. Miralás ahora, ahí, tan seriecitas. Pendientes de la TV, absortas... No sé si las prefiero berreando, la verdad.
Gloco baja hasta la puerta de AA rápido, tropezando en cada cuesta abajo. Se embala y nada puede frenarla. Pero se levanta, lanza una risotada y vuelve a la carrera.
No le importa mancharse los pantalones. La tierra del camino está húmeda.
Ha llovido un poco, muy de mañana.
Ahora los tímidos rayos del sol de enero intentan abrirse paso entre las nubes.
Iluminan la rubia maraña de Lafofi.
Nos acompañan a buscar la prensa, que viene hinchada con tanto suplemento.
Las cortas piernas de Gloco han decidido escalar hasta los hombros del tío Jucha.
Desde ahí arriba el mundo es más divertido, aún...
Un mundo de fantasía, de sioux con gafitas lilas redondas, de pandillas del jabalí, de domingos en el campo.