Dos veces al año los castaños de Indias muestran toda su belleza. En otoño, cuando las hojas se tornan amarillentas, rojizas, ocres, antes de desprenderse de las ramas en las que han vivido durante meses. Y ahora, en estos días, cuando sus flores se abren y salpican el verde jugoso de sus copas.
Los racimos de pequeñas inflorescencias, se amontonan, divertidos.
Y entre todos los blancos destaca un pequeño castaño con sus flores en rosa.
Pero son tan efimeras..., cómo una banda fugitiva, que en cuatro aires fuertes, una ración de viento y tres mañanas de lluvia, han tomado las de Villadiego, y desaparecen.
Por eso hay que salir ahora, a verlas. A respirar el sutil aroma dulzón que desprenden a primera hora de la mañana, cuando los rayos de sol aún no han incidido sobre ellas y están tan frescas.
A disfrutar de su colorido y de la nota discordante que producen entre tanto verde.
A pasear entre los castaños, tan alineados, de mi calle.
Tal día como hoy, hace 25 años, mis primos, Kris e Igpi se daban el sí quiero en la Iglesia de la Asunción de Rueda (Valladolid). Este paseo, con sus flores, va por ellos.