Ayer vendimos la casa en la que vivió mi abuela Gloar sus últimos años.
Sus paredes no me traían tantos recuerdos como las de
la otra casa.
La casa en la que vivió con mi abuelo durante más de 50 años, en la que crió a todos su hijos y en la que nos vió crecer y convertirnos en adultos a todos sus nietos.
Esa casa enorme con un larguísimo pasillo por el que corríamos sin que nadie nos llamara la atención.
Esa casa en la que celebramos todos los días de Navidad, en la que mi prima Belrru cumplió 18 años, en la que a Macachu y a mí nos pidieron la mano.
En donde yo charlaba de plantas, de Egipto, de pintura, de mil cosas..., con mi abuela durante muchas tardes. En donde me gustaba ver a mi abuelo Carco, concentrado en su preciosa colección de sellos...
Mira, esta serie es de Suiza, toda con flores...qué se que te gustan.Esa casa de la que me sé
mil historias contadas por mi padre y mis tíos...
Sin embargo una casa no la componen solo las paredes, también los muebles y los cuadros, las alfombras, las lámparas...incluso el mortero de la cocina... y eso es lo que ahora poblaba ese último hogar de mi abuela. Y eso es a lo que ayer, definitivamente, hemos dicho adios.
Ahora cada objeto, cada recuerdo, está embalado para irse a un sitio o a otro, para empezar una nueva vida en un hogar distinto. Para componer nuevas vivencias.
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