Con semejante paseo nuestro apetito es feroz. Llegamos a Santa Colomba y Cecar entra en El Molinero, a ver si nos dan de comer a siete...
Para dentro. Pero la espera se hace larga, muy larga.
Una Ensalada con Cecina, y unos pimientos con anchoa van calmando nuestro apetito.
Los segundos se hacen esperar, de nuevo.
Y llega la carne. De Filiel, pone en la carta. Sabrosa y tierna.
Tanto que desata mis instintos más primitivos y no puedo evitar echarle el diente.
Hola...¿Es la guerra?
Cruzamos el río al escuchar el croar profundo de las ranas.
Y paseamos por un pueblo cuidado, de muros dorados y carpinterías en azul.
Un poco más arriba el río se apresa y describe una ordenada cascada.
A finales del siglo XVIII las edificaciones se trasladan a este lado del Jamuz, quedando la Iglesia y las casas más viejas al otro.
De bellos patios encanchados, llenos de flores.
Y un ayuntamiento recién restaurado, con curiosa torre con veleta. Así es Santa Colomba.
Seguimos viaje por la ruta jacobea. Turienzo, Rabanal, Foncebadón... El camino de Santiago se entrelaza con la carretera, fundiéndose en algunos tramos, despistándose en otros...
Y atravesamos Manjarín. El pueblo más pequeño del mundo...o eso parece.
A las afueras de Acebo nos dirijimos hacia Compludo. Dejamos las zonas altas para bajar hasta lo más profundo del valle. De La Maragatería pasamos a El Bierzo.
De nuevo aparecen los tejados de pizarra, acompañados de bonitas galerias.
En Compludo, San Fructuoso funda la primera orden monástica de la península ibérica a mediados del siglo VII. No imagino un lugar mejor para dedicarse al recogimiento y la oración.
Un café de puchero y la agradable charla de un vecino nos transportan a otros tiempos, en los que las manecillas del reloj van más despacio.