Despues de una boda conviene abrir los pulmones y oxigenarlos y que mejor sitio que La Pedriza.

A menos de 50 km de la capital esta maraña de riscos ofrece una infinidad de senderos, más o menos pindios, por los que acceder hasta sus cumbres.

Mi cuñada Begon se los conoce todos, todos, todos.

Y con su hermana Chiqui y unos amigos subimos hasta el collado de la Cueva. Ellos continuan la marcha.
Nosotros debemos bajar ya. Hemos quedado a comer en Madrid y se nos hace tarde.

Bordeamos el caracol y nos damos de bruces con el Embalse de Santillana.

Sella ha correteado lo que ha querido, andando y desandando, velozmente, el camino. Entre las pacientes piernas de nuestros acompañantes.
Ahora, en el descenso, nos marca la ruta a seguir.
¡¡¡Qué lista, mi niña!!!