El Domingo nos levantamos pronto y cómo el sol parece que va a saludarnos nos calzamos las botas y subimos al coche.
Tiramos hacia Tudela de Duero y a su altura nos desviamos por una comarcal, rumbo a Villabañez y Villabaquerín.

La estrecha carretera transcurre tranquila, sin tráfico. Ciclistas, en grupos o en solitario, son nuestros únicos acompañantes.
A un lado lomas verdeantes por incipientes brotes de centeno, al otro, más enriscado, grupos de encinas pequeñas, de alcornoques, de retama.
Cruzamos Castrillo Tejeriego y Villafuerte. Buscamos un camino que recorrer con Sella.
En Amusquillo sale un sendero paralelo al río Esgueva, que aún va estrecho, pero alegre. Chispea.

Durante un rato la vista se nos va hacia los verdes cultivos y más allá. Sale el sol.

Observamos, desde la lejanía, el pueblo de Villafuerte, con dos edificios principales, que destacan sobre el caserío. En sus faldas, horadando el cerro, decenas de bodegas parecen enormes madrigueras.

A la vuelta le presto más atención al río. Sella lo investiga. Un montón de sensaciones nuevas salen de él, despertando su curiosidad y la mía.
Pequeños animalitos alados anidan en sus riberas y huyen pavorosos ante la irrupción de la perra. Sólo espero que aún no haya polluelos...
Algún pez salta, cercano a los troncos de los chopos.

Y volvemos al pueblo que toma nombre, al parecer, del color amusco, pardo oscuro, que lo pinta.
De vuelta a Villafuerte nos acercamos a su castillo.

Una imponente fortaleza del siglo XV, que luce restaurada por la Asociación Amigos de los Castillos.
Muestra escudo de Garci Franco de Toledo, aliado del Conde de Benavente.

Conserva su planta, casi cuadrada, intacta, con sus cuatro atalayas.

Y su torre del Homenaje... Con su muro y su foso...

Pasear por Villafuerte es agradable. Las casas están cuidadas, las calles barridas.

Conserva, también, una Iglesia de románico sencillísimo, no carente de encanto.

Para ver el artesonado mudejar que decoró su nave principal hay que irse, en la actualidad, a la Sala de Plenos del Palacio de Pimentel, de Valladolid, en donde se aloja la Diputación Provincial.
Los cielos plomizos alternan con el sol. Y Villafuerte se asoma al valle del Esgueva, que domina, que controla.

Continuamos camino hacia Pesquera de Duero. El paisaje va cambiando, los viñedos van llenando los campos. Los almendros, antes solitarios, se agrupan y lucen en flor.
Se nos cruzan varias perdices, con las medias coloradas a juego de sus picos.
Dejamos a la derecha la ermita de la Virgen de Rubialejos. Barroca, soberbia.

Aprovechamos la salida de misa de una para colarnos en la Iglesia. Cada vez es más dificil encontrar una abierta.
Bajo la advocación de San Juan Bautista, es un edificio del siglo XVI, con una sola nave y capillas laterales, decoradas por retablillos de oscuros lienzos.
Cómo los que adornan el barroco retablo mayor. Les vendría genial una buena limpieza...
Más pimpantes se muestran las yeserías. Eso sí.

El lateral de la Iglesia se abre hacia la Plaza Mayor, de capiteles de épocas variadas que soportan todo un entramado de arcos y dinteles.

Cierra la Plaza, o la abre..., un bonito Arco del XVII, con escudo de la villa, embutido en su caserio. Y una cigueña lo sobrevuela.