Domingo por la mañana. Ayer ha hecho un día primaveral a tope y hoy queremos ir a dar un buen paseo.
Amanece lloviendo. No importa.

Elegimos una ruta cerca de casa, por si nos calamos. Cabezón de Pisuerga se encuentra a unos 20 kms de Valladolid. Tiene algunas de las alturas mayores de la provincia en sus cerros y un potente puente de piedra que caracteriza a esta villa.

Recorremos a media ladera el páramo de Valdecastro, y desaparece la lluvia.

A nuestra derecha se elevan los Cortados, que el río ha ido modelando durante miles de años.
Los yesos del camino, estrecho y ondulado, se pegan a nuestras botas y nos obligan a andar por sus bordes.

Alternamos el paseo entre pinos, con zonas más abiertas llenas de tomillo, tan aromático.

Desde éstas vemos la llanura que acompaña al Pisuerga, y que se extiende, amplia, hasta los montes Torozos.

Llegamos a una encrucijada de caminos, crisol de razas,
y consultamos el reloj. Si volvemos, en vez de dar la vuelta completa al cerro, seguro que nos dan de comer en algún chiringuito de Cabezón.

Elegimos, pues, el camino que sale a mano izquierda, que baja, y transcurre junto al río, primero y grandes campos de cultivo.

Sella saca algunos pajarillos y los persigue, alegremente. Ellos le hacen burla: Nunca nos alcanzarás...

Enlazamos con el camino de Vecilla y salimos, en seguida, al Puente de Cabezón. De cimientos romanos y altomedievales, esta construcción conserva, ahora, el aspecto de diferentes remodelaciones sufridas a lo largo de su historia. Sin embargo podemos ver en el las trazas renacentistas que le dió, en su momento, Juan de Ribero Rada.

Nos internamos en Cabezón, en busca del coche.

Aquí solemos comer en El Ciervo, pero hoy nos apetece probar algo nuevo.

La torre de la Iglesia de la Asunción se levanta curiosa, entre los tejados.

Y las chimeneas de las bodegas nos rodean.